Ninguna sociedad se ha preocupado tanto por las
víctimas como la nuestra. A pesar que su presencia ha sido continuada en toda
la historia de la humanidad, su protección sólo empieza a cobrar relieve desde
el siglo pasado. El lugar de atención que nuestra época presta a las víctimas,
no es ajeno a la promoción de darles la palabra y de ser escuchadas, a modo de
lucha contra su olvido e invisibilidad.
Supuestamente hablar hace bien, hablar sería
entendido como efecto supuestamente liberador. Dar la palabra a la víctima,
como instrumento de bienestar, como recurso potencialmente reparador de su
situación.